La ausencia de mi madre

Compra-li calcetins negres a Miguel que no en té/Cómprale calcetines negros a Miguel pues no tiene, palabras sobre su esposo que horas antes de su muerte mi madre, Esther, le dijo a Joaquineta, su propia madre. Siempre una cuidadora amable y atenta, siempre pensando en los demás. ¿Creía que debía ser siempre la última, como hija mediana y madre de cuatro?

Esther fue la segunda de los tres descendientes que tuvieron Joaquineta y Herrero, como era conocido su padre. Joaquín, el heredero varón y afamado hombre de negocios con la arrogancia natural de uno que conduce un automóvil mientras que otros sólo tienen una bicicleta, si acaso. La hermana menor, Julia, una excelente estudiante, temperamental y hermosa, adorada por muchos, me han dicho. Murió inesperadamente durante la Navidad de 1961, ni diecisiete años tenía, tras un accidente de tráfico a menos de 1 km de su casa. Dicha tragedia se llevó la vida de otra joven, Milagritos, y afectó negativamente a muchas familias de este pequeño pueblo. Recuerdo la tristeza que impregnaba todas nuestras celebraciones navideñas, especialmente en torno a la abuela Joaquineta.

En casa de mis abuelos había una habitación en memoria de Julia con un hermoso escritorio de marquetería lleno de sus libros escolares de Las Teresianas de València. Ambas hermanas habían compartido esa habitación pero, ahora que lo pienso, no recuerdo haber visto allí ningún cuaderno con los escritos de mi madre, ni siquiera ningún objeto personal de su infancia en la casa. Tal vez fuera el equivalente a quemar cada objeto viejo y dar la bienvenida a una nueva vida, llegada la primavera o el dinero para adquirir muebles nuevos, como valencianos que somos.

Esther tenía treinta y ocho años cuando murió, cuatro después de recibir un diagnóstico de cáncer de mama. El sufrimiento de nuestra familia parecía que nunca dejaría de crecer y hacerse aún más negro, la tía Layeta falleció de parto repentinamente en 1973, jovencísima pues sólo tenía treinta y siete años, y tampoco su bello hijo Ricardo tendría una larga vida. 

Boda de Ximo y Layeta, 1961 (archivo familia Herrero Doménech)

Pocos recuerdos tengo de mi madre, en uno yo era una niña enfermiza de ocho años, sentada en una cama junto a la puerta, la primera de tres, mientras hablaba con Esther, que estaba acostada en la habitación contigua. Otro tiene lugar de mañana en la cocina, mi madre lleva un batín verde manzana con el cuello decorado con raso y me dice por enésima vez que me beba el vaso de leche. Lo más probable es que la leche acabara en el desagüe. Lamentablemente, poco más tiene mi memoria personal de Esther, de sus palabras hacia mí o de la forma en que debió de consolarme o abrazarme. Siempre incompleta, siempre preguntando a los demás por ella y obteniendo algunas palabras, nunca suficientes, sobre su bondad y dulzura, una cocinera y esposa excelente. Casi nada sé sobre sus recuerdos de la infancia, la adolescencia u otras etapas, su libro o canción favorita, sus pensamientos o incluso sus arrepentimientos.

Grupo de amigos con Esther, 1950 (archivo Chelo Orta Sáez)

Hacia 1999 me mudé a la casa solariega de la familia Herrero Doménech, la abuela Joaquineta había fallecido cinco años antes, y descubrí un juego de letras envueltas en una cinta azul. En la primera que abrí mi madre escribía sobre el colapso del Castell (la mansión del Senyor de Benilloba) en 1957 -después de que los líderes del pueblo decidieran ensanchar una pequeña vía empinada paralela a tan histórico edificio- y su preocupación por su querida amiga Inma y familiares. Sentí alegría y emoción cuando comencé a leerla y luego mis principios me detuvieron, esta era una conversación privada de la yo que no formaba parte. La correspondencia fue un intercambio entre Esther y su amigo Fernando de València, relación que según me han contado llegó a su fin por la presión paterna de Herrero.

La infancia de Esther debió haber sido feliz, salvo alguna crisis de entonces que yo desconozca. Gil, su abuelo materno, había fallecido a los treinta años, posiblemente a causa de la meningitis. Su viuda Joaquina, que regentaba los ultramarinos, se volvió a casar con José, un conocido empresario. Vivían en la esquina entre carrer Major y Sant Joan y tuvieron dos hijos, tíos de Joaquín, Esther y Julia. Por el lado paterno, mi madre no llegó a conocer a su abuelo Vicente, un albañil como muchos otros varones de la rama Herrero, cuyo corazón se paró tan solo a los sesenta y cuatro años en 1934. Esther sin duda recibió dosis diarias de amor y apoyo de la abuela Joaquina, tía Elisa, la tía abuela de la rama García que vivía en lo alto del carrer Sant Llorenç u otros familiares y vecinos que formaban una sociedad estrecha en nuestro pequeño pueblo.

Esther Herrero Doménech, década de 1940 (archivo familia Gómez Herrero)

La familia vivía en la morada de los Doménech, una hermosa casa burguesa en la estrecha calle principal del pueblo (carrer Major) que fue remodelada en la década de 1950 una vez se cerró la primera tienda de ultramarinos de Benilloba, inaugurada al lado hacia 1870 por Teresa María, tatarabuela de Esther.

La familia Herrero Doménech vivía mejor que la mayoría de sus congéneres, aunque ni de lejos se acercaba a los ricos. Además de los ultramarinos, ambas ramas también poseían tierras productivas y elaboraban vino. Vicente Herrero García y su hermano menor, Joaquín, habían iniciado un negocio de ropa interior femenina tejida y habían establecido una red comercial como subhastadors o comerciantes ambulantes en toda España. Desde camisetas hasta suéteres, su propio “American Dream” se estaba gestando, pues El Moro se convertiría en un referente de la industria textil aquí. Además de sus dotes emprendedoras, Joaquín Herrero García se convirtió en Juez de Paz del pueblo y, siguiendo los pasos de su hermano, más tarde fue Alcalde en la dictadura de Franco. La tía Camelia, mi tía y referente vital, me contó el apoyo de mi familia al bando demócrata, es decir, el Gobierno electo de la República, durante la Guerra Civil en España causada por el golpe de Estado militar de 1936. Me hubiera encantado preguntar a mis abuelos qué ideas políticas y sociales tenían, pero –“si el joven supiera y el viejo pudiera”- mi interés por la Historia llegó cuando quedaban pocos para llevarme a su pasado.

posiblemente 18 abril 1932 (archivo de César Cortés García)

En la casa de Major, 20bis había mucha gente que les ayudaba, como la encargada de lavar la ropa en el llavador del pueblo junto al río Frainos o el equipo femenino que atendía las celebraciones familiares con la formidable Amada que se negaba a limpiar el suelo de pie. No puedo imaginarme a mi madre haciendo trabajos manuales pesados. Seguramente debió realizar labores de bordado y ganchillo con Joaquineta, Joaquina y Elisa, aunque no recuerdo ninguna pieza conocida como suya. Los datos y los recuerdos de una familia desaparecen si nadie invierte tiempo y energía en recordarlos, capturarlos y transmitirlos, y como aficionada a la Historia soy dolorosamente consciente de ello. Sin embargo, el dinero no protege a nadie de sufrir golpes duros en la vida, aunque sin duda suaviza algunos de sus efectos. No era plenamente consciente de esa verdad -y de mi dosis personal de suerte- hasta que hablé con Paco, un anciano cuya madre murió de parto en una familia que luchaba por mantener a todos calientes y alimentados durante el invierno.

Carrer Major, 20bis, 1953 (archivo familia Herrero Doménech)

En julio de 1978 me mantuvieron alejada de los días finales de Esther, mi madre, y me enviaron a casa de los padrinos en Alzira. Estar enferma no era extraño para mí y mientras sentada en la cama de Esther le daba mis dos últimos besos debí pensar que nos volveríamos a ver en poco tiempo. Aunque entiendo las razones por las que mi familia decidió ocultarle la verdad a una niña de diez años y la más pequeña de la casa, todavía tengo sentimientos encontrados al respecto. Me robaron la oportunidad de participar, consolar y ser reconfortado por todos los que acompañaron a mi madre para rodearla de amor durante sus últimas horas de vida en esta tierra. También se me negó el intercambio necesario de cariño, adoración, ternura, conexión, nostalgia, tristeza y recuerdos durante su velatorio.

Esa mañana de 14 julio 1978 recuerdo estar de pie junto a la puerta de la despensa mirando los azulejos azules y blancos en la cocina de veraneo de mis padrinos, Toñita y José Luis, mientras mi tía me ayudaba a cambiarme de ropa, había una falda negra con flores blancas minúsculas. “Hoy vamos a ver a tu mamá y a visitar tu pueblo”, decía la tía Toñita, incapaz de ocultar un tono extraño en su voz que mi yo más joven no supo entender. Ambos intentaron tranquilizarme y hablaron sin parar durante todo el camino hasta Benilloba mientras yo jugaba con una muñeca pequeña en el asiento de atrás. Fue sólo entonces cuando el tío José Luis giró el volante de su cochazo para entrar en el carrer Sant Llorenç que vi una gran multitud oscura cubriendo el espacio hasta nuestra casa en el otro extremo… Incluso hoy puedo volver a sentirme de repente engañada, triste, nerviosa, sin creer mientras comprendía que lo imposible había sucedido. El resto del día no es más que un borrón, a excepción de las palabras -cariñosas, supongo- de alguien en el cementerio pidiéndome que mirase a través de una ventana de vidrio el rostro muerto de mi madre dentro de un ataúd de madera clara. El horror que sentí: mi madre iba a estar encerrada en un nicho frío, oscuro y solitario para siempre mientras nosotros, sus cuatro jóvenes huérfanos, su viudo triste, su hermano en soledad y su madre devastada para siempre, teníamos que dejarla allí e irnos, de vuelta a algún tipo de vida, ahora sin Esther.

Me ha llevado cuarenta y tres años escribir este recuerdo y aún la tristeza y las lágrimas nublan mi vista, no es sólo una metáfora dolorosa. Alguien importante en mi vida me ha hablado recientemente de un diagnóstico de cáncer. Desde entonces me he visto, una y otra vez, pensando en mi madre muerta y en su propia tristeza y dolor al darse cuenta de que no le quedaba más vida y que tenía que abandonar a todos los que amaba y que a su vez la amaban. ¿Alguna vez estuvo enojada por eso? ¿Esther y Miguel tuvieron conversaciones francas sobre su próxima muerte? ¿Cuáles fueron sus últimos pensamientos y palabras conscientes?

Mi madre no estuvo ahí para mí la primera vez que tuve la regla, volvía del cine del pueblo, la mancha roja combinaba bien con mi conjunto de falda de flores blancas y rojas. Miguel hizo todo lo posible para atender a las necesidades de sus tres hijas y único hijo, ahora bien no le iba a preguntar a ninguno cómo usar un tampón y los de la farmacia venían con instrucciones impresas. Recuerdo un libro de ginecología con dibujos a color que nos compró mi padre y que yo usaba como material de referencia cuando mis amigas compartían conmigo sus dudas femeninas.

A menudo, al descubrir mi pérdida personal, muchas personas me han expresado amablemente sus condolencias, mientras que mi respuesta estándar era algo así como “Gracias, pasó hace mucho tiempo.” Qué tonta, me engañaba a mí misma pensando que había superado el dolor. Poco después de su muerte, creí que mi madre se me había aparecido en una especie de niebla. Ya no puedo afirmar si sucedió de verdad o si mi anhelo para que ella regresara me hizo imaginar cosas. Solía decir la abuela Joaquineta, refiriéndose a los ruidos y luces inusuales que a veces se percibían en su casa, nunca con miedo: “Estan parlant-me, però no entenc què diuen.“. Aunque no era locuaz no hay duda que era irónica, Joaquineta.

Joaquineta, 1978 (archivo Camelia Doménech Monerris, fot. John Johnck)

Esther, la primera para mí, fue un pensamiento, más que una percepción real, que yo recuerde poco se habló de ella. No es que confíe en mi memoria, ya que la mente juega malas pasadas, tuerce la realidad y me genera dudas cada vez que intento recordar un episodio de mi vida. A veces pillaba a mi padre mirando el retrato al óleo de Esther en lo alto de la pared, con una expresión tan triste que me forzaba a desviar mis ojos. La gente me miraba con compasión, un sentimiento que llegué a despreciar, por muy especial que me hubiese hecho sentir anteriormente.

Los afortunados que alcancen y vivan la edad adulta con una madre y un padre nunca podrán percibir por completo la magnífica buena fortuna que les ha brindado la vida. En nuestra calle la madre brillante de una amiga de la infancia sin prisa nos preparaba una granada, pelándola, soltando los granos y espolvoreando un poco de azúcar encima, qué maravilla, me sentía a la vez agradecida y celosa. María, muy amable y paciente, cuidó muy bien de todos nosotros y de la casa triste que compartía nuestra familia rota. A la vuelta de una de mis citas periódicas con el dentista, había cocinado patatas en finísimas rodajas y algo de pechuga de pollo que yo devoré. Una mujer holandesa fuerte -madre de mi mejor amiga, en las buenas y en las malas-, con los ojos azules más brillantes que jamás he visto, siempre me recibía cariñosamente en su casa junto a un canal de Ámsterdam y me enseñó a beber una taza de caldo antes de ir a una cena importante. La tía Rosa que tenía paciencia y habilidad para usar aguja e hilo para hacerme una gargantilla veraniega con flores de jazmín del viejo árbol en el patio de la familia de su esposo. Mi búsqueda de una figura femenina nunca se detendrá, supongo.

He leído en alguna parte, no me acuerdo del autor ni del título, que los humanos se dividen en los que se ven golpeados por la tristeza y la desgracia a una edad temprana y los que dejan atrás la adolescencia sin sufrir ningún golpe grave hasta que más adelante fallece un pariente cercano. Me pregunto quién sufre el dolor más fuerte y, por supuesto, no cabe comparación, el dolor duro y negro es sólo dolor.

Quisiera terminar confesando que he sentido la presencia de mi madre en varias ocasiones a lo largo de mi vida. Aquella tarde que un drogadicto me amenazó con un enorme cuchillo dentro de un cajero automático cerca de Cardenal Benlloch y me negué a vaciar mi cuenta bancaria, Esther debió estar cuidándome. Es un precio de consolación endeble, pero en algún momento decidí creer que de alguna manera mi madre nunca había dejado de vigilarme y enviarme su protección. Puedes llamarlo energía, calidez o mera suerte. Yo elijo pensar que tanto Esther como Miguel, mis padres, siguen estando cerca de mí cada día.

13 julio 2021

Niñas Julín y Merce junto a Esther, 1971 (Archivo familia Herrero Doménech)

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