La ausencia de mi madre

(ES/EN)

Compra-li calcetins negres a Miguel que no en té/Cómprale calcetines negros a Miguel pues no tiene, palabras sobre su esposo que horas antes de su muerte mi madre, Esther, le dijo a Joaquineta, su propia madre. Siempre una cuidadora amable y atenta, siempre pensando en los demás. ¿Creía que debía ser siempre la última, como hija mediana y madre de cuatro?

Esther fue la segunda de los tres descendientes que tuvieron Joaquineta y Herrero, como era conocido su padre. Joaquín, el heredero varón y afamado hombre de negocios con la arrogancia natural de uno que conduce un automóvil mientras que otros sólo tienen una bicicleta, si acaso. La hermana menor, Julia, una excelente estudiante, temperamental y hermosa, adorada por muchos, me han dicho. Murió inesperadamente durante la Navidad de 1961, ni diecisiete años tenía, tras un accidente de tráfico a menos de 1 km de su casa. Dicha tragedia se llevó la vida de otra joven, Milagritos, y afectó negativamente a muchas familias de este pequeño pueblo. Recuerdo la tristeza que impregnaba todas nuestras celebraciones navideñas, especialmente en torno a la abuela Joaquineta.

En casa de mis abuelos había una habitación en memoria de Julia con un hermoso escritorio de marquetería lleno de sus libros escolares de Las Teresianas de València. Ambas hermanas habían compartido esa habitación pero, ahora que lo pienso, no recuerdo haber visto allí ningún cuaderno con los escritos de mi madre, ni siquiera ningún objeto personal de su infancia en la casa. Tal vez fuera el equivalente a quemar cada objeto viejo y dar la bienvenida a una nueva vida, llegada la primavera o el dinero para adquirir muebles nuevos, como valencianos que somos.

Esther tenía treinta y ocho años cuando murió, cuatro después de recibir un diagnóstico de cáncer de mama. El sufrimiento de nuestra familia parecía que nunca dejaría de crecer y hacerse aún más negro, la tía Layeta falleció de parto repentinamente en 1973, jovencísima pues sólo tenía treinta y siete años, y tampoco su bello hijo Ricardo tendría una larga vida. 

Boda de Ximo y Layeta, 1961 (archivo familia Herrero Doménech)

Pocos recuerdos tengo de mi madre, en uno yo era una niña enfermiza de ocho años, sentada en una cama junto a la puerta, la primera de tres, mientras hablaba con Esther, que estaba acostada en la habitación contigua. Otro tiene lugar de mañana en la cocina, mi madre lleva un batín verde manzana con el cuello decorado con raso y me dice por enésima vez que me beba el vaso de leche. Lo más probable es que la leche acabara en el desagüe. Lamentablemente, poco más tiene mi memoria personal de Esther, de sus palabras hacia mí o de la forma en que debió de consolarme o abrazarme. Siempre incompleta, siempre preguntando a los demás por ella y obteniendo algunas palabras, nunca suficientes, sobre su bondad y dulzura, una cocinera y esposa excelente. Casi nada sé sobre sus recuerdos de la infancia, la adolescencia u otras etapas, su libro o canción favorita, sus pensamientos o incluso sus arrepentimientos.

Grupo de amigos con Esther, 1950 (archivo Chelo Orta Sáez)

Hacia 1999 me mudé a la casa solariega de la familia Herrero Doménech, la abuela Joaquineta había fallecido cinco años antes, y descubrí un juego de letras envueltas en una cinta azul. En la primera que abrí mi madre escribía sobre el colapso del Castell (la mansión del Senyor de Benilloba) en 1957 -después de que los líderes del pueblo decidieran ensanchar una pequeña vía empinada paralela a tan histórico edificio- y su preocupación por su querida amiga Inma y familiares. Sentí alegría y emoción cuando comencé a leerla y luego mis principios me detuvieron, esta era una conversación privada de la yo que no formaba parte. La correspondencia fue un intercambio entre Esther y su amigo Fernando de València, relación que según me han contado llegó a su fin por la presión paterna de Herrero.

La infancia de Esther debió haber sido feliz, salvo alguna crisis de entonces que yo desconozca. Gil, su abuelo materno, había fallecido a los treinta años, posiblemente a causa de la meningitis. Su viuda Joaquina, que regentaba los ultramarinos, se volvió a casar con José, un conocido empresario. Vivían en la esquina entre carrer Major y Sant Joan y tuvieron dos hijos, tíos de Joaquín, Esther y Julia. Por el lado paterno, mi madre no llegó a conocer a su abuelo Vicente, un albañil como muchos otros varones de la rama Herrero, cuyo corazón se paró tan solo a los sesenta y cuatro años en 1934. Esther sin duda recibió dosis diarias de amor y apoyo de la abuela Joaquina, tía Elisa, la tía abuela de la rama García que vivía en lo alto del carrer Sant Llorenç u otros familiares y vecinos que formaban una sociedad estrecha en nuestro pequeño pueblo.

Esther Herrero Doménech, década de 1940 (archivo familia Gómez Herrero)

La familia vivía en la morada de los Doménech, una hermosa casa burguesa en la estrecha calle principal del pueblo (carrer Major) que fue remodelada en la década de 1950 una vez se cerró la primera tienda de ultramarinos de Benilloba, inaugurada al lado hacia 1870 por Teresa María, tatarabuela de Esther.

La familia Herrero Doménech vivía mejor que la mayoría de sus congéneres, aunque ni de lejos se acercaba a los ricos. Además de los ultramarinos, ambas ramas también poseían tierras productivas y elaboraban vino. Vicente Herrero García y su hermano menor, Joaquín, habían iniciado un negocio de ropa interior femenina tejida y habían establecido una red comercial como subhastadors o comerciantes ambulantes en toda España. Desde camisetas hasta suéteres, su propio “American Dream” se estaba gestando, pues El Moro se convertiría en un referente de la industria textil aquí. Además de sus dotes emprendedoras, Joaquín Herrero García se convirtió en Juez de Paz del pueblo y, siguiendo los pasos de su hermano, más tarde fue Alcalde en la dictadura de Franco. La tía Camelia, mi tía y referente vital, me contó el apoyo de mi familia al bando demócrata, es decir, el Gobierno electo de la República, durante la Guerra Civil en España causada por el golpe de Estado militar de 1936. Me hubiera encantado preguntar a mis abuelos qué ideas políticas y sociales tenían, pero –“si el joven supiera y el viejo pudiera”- mi interés por la Historia llegó cuando quedaban pocos para llevarme a su pasado.

posiblemente 18 abril 1932 (archivo de César Cortés García)

En la casa de Major, 20bis había mucha gente que les ayudaba, como la encargada de lavar la ropa en el llavador del pueblo junto al río Frainos o el equipo femenino que atendía las celebraciones familiares con la formidable Amada que se negaba a limpiar el suelo de pie. No puedo imaginarme a mi madre haciendo trabajos manuales pesados. Seguramente debió realizar labores de bordado y ganchillo con Joaquineta, Joaquina y Elisa, aunque no recuerdo ninguna pieza conocida como suya. Los datos y los recuerdos de una familia desaparecen si nadie invierte tiempo y energía en recordarlos, capturarlos y transmitirlos, y como aficionada a la Historia soy dolorosamente consciente de ello. Sin embargo, el dinero no protege a nadie de sufrir golpes duros en la vida, aunque sin duda suaviza algunos de sus efectos. No era plenamente consciente de esa verdad -y de mi dosis personal de suerte- hasta que hablé con Paco, un anciano cuya madre murió de parto en una familia que luchaba por mantener a todos calientes y alimentados durante el invierno.

Carrer Major, 20bis, 1953 (archivo familia Herrero Doménech)

En julio de 1978 me mantuvieron alejada de los días finales de Esther, mi madre, y me enviaron a casa de los padrinos en Alzira. Estar enferma no era extraño para mí y mientras sentada en la cama de Esther le daba mis dos últimos besos debí pensar que nos volveríamos a ver en poco tiempo. Aunque entiendo las razones por las que mi familia decidió ocultarle la verdad a una niña de diez años y la más pequeña de la casa, todavía tengo sentimientos encontrados al respecto. Me robaron la oportunidad de participar, consolar y ser reconfortado por todos los que acompañaron a mi madre para rodearla de amor durante sus últimas horas de vida en esta tierra. También se me negó el intercambio necesario de cariño, adoración, ternura, conexión, nostalgia, tristeza y recuerdos durante su velatorio.

Esa mañana de 14 julio 1978 recuerdo estar de pie junto a la puerta de la despensa mirando los azulejos azules y blancos en la cocina de veraneo de mis padrinos, Toñita y José Luis, mientras mi tía me ayudaba a cambiarme de ropa, había una falda negra con flores blancas minúsculas. “Hoy vamos a ver a tu mamá y a visitar tu pueblo”, decía la tía Toñita, incapaz de ocultar un tono extraño en su voz que mi yo más joven no supo entender. Ambos intentaron tranquilizarme y hablaron sin parar durante todo el camino hasta Benilloba mientras yo jugaba con una muñeca pequeña en el asiento de atrás. Fue sólo entonces cuando el tío José Luis giró el volante de su cochazo para entrar en el carrer Sant Llorenç que vi una gran multitud oscura cubriendo el espacio hasta nuestra casa en el otro extremo… Incluso hoy puedo volver a sentirme de repente engañada, triste, nerviosa, sin creer mientras comprendía que lo imposible había sucedido. El resto del día no es más que un borrón, a excepción de las palabras -cariñosas, supongo- de alguien en el cementerio pidiéndome que mirase a través de una ventana de vidrio el rostro muerto de mi madre dentro de un ataúd de madera clara. El horror que sentí: mi madre iba a estar encerrada en un nicho frío, oscuro y solitario para siempre mientras nosotros, sus cuatro jóvenes huérfanos, su viudo triste, su hermano en soledad y su madre devastada para siempre, teníamos que dejarla allí e irnos, de vuelta a algún tipo de vida, ahora sin Esther.

Me ha llevado cuarenta y tres años escribir este recuerdo y aún la tristeza y las lágrimas nublan mi vista, no es sólo una metáfora dolorosa. Alguien importante en mi vida me ha hablado recientemente de un diagnóstico de cáncer. Desde entonces me he visto, una y otra vez, pensando en mi madre muerta y en su propia tristeza y dolor al darse cuenta de que no le quedaba más vida y que tenía que abandonar a todos los que amaba y que a su vez la amaban. ¿Alguna vez estuvo enojada por eso? ¿Esther y Miguel tuvieron conversaciones francas sobre su próxima muerte? ¿Cuáles fueron sus últimos pensamientos y palabras conscientes?

Mi madre no estuvo ahí para mí la primera vez que tuve la regla, volvía del cine del pueblo, la mancha roja combinaba bien con mi conjunto de falda de flores blancas y rojas. Miguel hizo todo lo posible para atender a las necesidades de sus tres hijas y único hijo, ahora bien no le iba a preguntar a ninguno cómo usar un tampón y los de la farmacia venían con instrucciones impresas. Recuerdo un libro de ginecología con dibujos a color que nos compró mi padre y que yo usaba como material de referencia cuando mis amigas compartían conmigo sus dudas femeninas.

A menudo, al descubrir mi pérdida personal, muchas personas me han expresado amablemente sus condolencias, mientras que mi respuesta estándar era algo así como “Gracias, pasó hace mucho tiempo.” Qué tonta, me engañaba a mí misma pensando que había superado el dolor. Poco después de su muerte, creí que mi madre se me había aparecido en una especie de niebla. Ya no puedo afirmar si sucedió de verdad o si mi anhelo para que ella regresara me hizo imaginar cosas. Solía decir la abuela Joaquineta, refiriéndose a los ruidos y luces inusuales que a veces se percibían en su casa, nunca con miedo: “Estan parlant-me, però no entenc què diuen.“. Aunque no era locuaz no hay duda que era irónica, Joaquineta.

Joaquineta, 1978 (archivo Camelia Doménech Monerris, fot. John Johnck)

Esther, la primera para mí, fue un pensamiento, más que una percepción real, que yo recuerde poco se habló de ella. No es que confíe en mi memoria, ya que la mente juega malas pasadas, tuerce la realidad y me genera dudas cada vez que intento recordar un episodio de mi vida. A veces pillaba a mi padre mirando el retrato al óleo de Esther en lo alto de la pared, con una expresión tan triste que me forzaba a desviar mis ojos. La gente me miraba con compasión, un sentimiento que llegué a despreciar, por muy especial que me hubiese hecho sentir anteriormente.

Los afortunados que alcancen y vivan la edad adulta con una madre y un padre nunca podrán percibir por completo la magnífica buena fortuna que les ha brindado la vida. En nuestra calle la madre brillante de una amiga de la infancia sin prisa nos preparaba una granada, pelándola, soltando los granos y espolvoreando un poco de azúcar encima, qué maravilla, me sentía a la vez agradecida y celosa. María, muy amable y paciente, cuidó muy bien de todos nosotros y de la casa triste que compartía nuestra familia rota. A la vuelta de una de mis citas periódicas con el dentista, había cocinado patatas en finísimas rodajas y algo de pechuga de pollo que yo devoré. Una mujer holandesa fuerte -madre de mi mejor amiga, en las buenas y en las malas-, con los ojos azules más brillantes que jamás he visto, siempre me recibía cariñosamente en su casa junto a un canal de Ámsterdam y me enseñó a beber una taza de caldo antes de ir a una cena importante. La tía Rosa que tenía paciencia y habilidad para usar aguja e hilo para hacerme una gargantilla veraniega con flores de jazmín del viejo árbol en el patio de la familia de su esposo. Mi búsqueda de una figura femenina nunca se detendrá, supongo.

He leído en alguna parte, no me acuerdo del autor ni del título, que los humanos se dividen en los que se ven golpeados por la tristeza y la desgracia a una edad temprana y los que dejan atrás la adolescencia sin sufrir ningún golpe grave hasta que más adelante fallece un pariente cercano. Me pregunto quién sufre el dolor más fuerte y, por supuesto, no cabe comparación, el dolor duro y negro es sólo dolor.

Quisiera terminar confesando que he sentido la presencia de mi madre en varias ocasiones a lo largo de mi vida. Aquella tarde que un drogadicto me amenazó con un enorme cuchillo dentro de un cajero automático cerca de Cardenal Benlloch y me negué a vaciar mi cuenta bancaria, Esther debió estar cuidándome. Es un precio de consolación endeble, pero en algún momento decidí creer que de alguna manera mi madre nunca había dejado de vigilarme y enviarme su protección. Puedes llamarlo energía, calidez o mera suerte. Yo elijo pensar que tanto Esther como Miguel, mis padres, siguen estando cerca de mí cada día.

13 julio 2021

Esther y Miguel, 1961 (archivo familia Herrero Doménech)

The absence of my mother

“Compra-li calcetins negres a Miguel que no en té” (Get Miguel some black socks as he doesn’t have any”), words related to her husband that hours before her death Esther, my mother, said to Joaquineta, her own mother.

Always a kind and thoughtful caretaker, always thinking of others. Did she think she had to come last, as the middle daughter and mother of four? Esther was the second child of the three descendants had by Joaquineta and Herrero, as her husband was known. Joaquín, the male heir and a renowned cunning businessman with the arrogance natural to one driving a car while others only had bicycles, if any.  The youngest sibling, Julia, was an excellent student, hot tempered and beautiful, adored by many, I have been told.  She died unexpectedly during Christmas of 1961, not even seventeen, after a road accident less than 1 km from the family home in Benilloba.  This tragedy took another young life, Milagritos, and adversely impacted many families in this small town.  I remember the sadness that permeated all our Christmas’ celebrations, specially around grandmother Joaquineta.

My grandparents’ house held a room in Julia’s memory with a beautiful marquetry writing table full of her school books from Las Teresianas in València.  Both sisters had shared that room yet I do not remember seeing there any notebook with my mother’s writing, or even any personal object from her childhood around the house now that I think about it.  Maybe it was the equivalent of burning every discarded item cheering for the new life, come spring or funds for acquiring new furniture, Valencian as we are.

Familia Herrero Doménech y sobrino J.V. Cortés García, 1952 (archivo familia Herrero Doménech)

Esther was thirty-eight years of age when she died, four years after receiving a breast cancer diagnosis. Our family’s suffering seemed that will never stop to grow darker as aunt Layeta had suddenly passed away at childbirth in 1973 and neither her beautiful son Ricardo was to have a long life.  

I have few memories of my mother, in one I am a sickly eight-year old child, sitting up in a bed by the door, the first one of three, and talking to Esther, who was lying down in the next room.  Another one takes place in the morning at the kitchen, she is wearing a dressing-gown in apple-green with satin around the neck and telling me for the umpteenth time to drink my glass of milk.  The milk most possibly ended up going down the drain.  Unfortunately I personally recall little else of Esther, of her words towards me or the way she must have comforted or hugged me.  Forever deprived, always asking others about her and obtaining some words, never enough, about her kindness and sweet nature, an excellent cook and wife.  Next to nothing I know about her memories of childhood, adolescence or other, her favourite book or song, her thoughts or even her regrets. 

When I moved into the Herrero Doménech family manor around 1999, grandmother Joaquineta had passed away five years prior, I discovered a set of letters on a blue ribbon. The first one I opened included my mother’s recollection of the Castell’s collapse (the Lord of Benilloba’s manor) in 1957 -after the town’s leaders decided to widen a tiny steep road parallel to such historical building- and her worries for her dear friend Inma and family members.  I felt such a thrilling joy when I started reading it and then my principles stopped me, this was a private conversation I was not a part of.  The correspondence was an exchange between Esther and his friend Fernando from València, a relationship that I have been told came to an end due to pressure from Herrero, her father.

Julia y Just, 1959 (Archivo de familia Ivorra Casanova)

Esther’s must have been a happy childhood, least I am unaware of crisis taking place then.  Gil, her grandfather on her mother’s side, had passed away at thirty years of age, possibly due to meningitis.  His widow Joaquina, who run the ultramarinos or general store, got married again to José, a well-known businessman. They lived on the corner between carrer Major and Sant Joan and had two children, uncles to Joaquín, Esther and Julia. On her father’s side my mother did not get to meet her grandfather Vicente, a builder like many other male members of the Herrero branch, whose heart stopped only at sixty-four in 1934. Esther surely received daily doses of love and support from grandmother Joaquina, aunt Elisa, the great-aunt of the García branch that lived at the top of carrer Nou or from any of her extended family or neighbours in our lively and closely-knit small society.

The family lived in the Doménech manor, a beautiful bourgeois house in the village’s narrow main street (carrer Major) that was refurbished in the 1950’s decade after the end of Benilloba’s first general store -initially launched next door by Esther’s great-great-grandmother Teresa María around 1870-. 

The Herrero Doménech family were better-off than most though nowhere near rich. Besides the ultramarinos, both family branches also owned productive land and made wine. Vicente Herrero García and his younger brother, Joaquín, had started a business of textile women undergarments and had established a commercial network as subhastadors or street traders across Spain. From undershirts to sweaters, their own “American dream” was in the making, as the brand El Moro was to become a referent of textile industries here. Besides his entrepreneur skills, Joaquín Herrero García became the town’s Justice of the Peace and later, following its brother footsteps, its Mayor under Franco’s dictatorship. Aunt Camelia, aunt and life beacon to me, told me of my family’s support for the Democratic side, that is the Republic elected Government’s, during the Civil War in Spain brought about by a military coup in 1936. I would have loved to ask my grandparents’ political and social thoughts, but “if youth knew; if age could” my interest in history arrived when few remained to take me back to their past.

posiblemente 14 abril 1935, Elisa y Joaquín Herrero García, entre otros (archivo familia Herrero Doménech)

The home at Major, 20bis had plenty of people working for the family, such as those responsible for doing the laundry at the village’s llavador by the river Frainos or the feminine team serving the family celebrations like the formidable Amada who refused to clean the floors standing up. I cannot imagine my mother doing any heavy handwork. She surely must have carried out embroidery and crochet labours with Joaquina, Elisa and Joaquineta, though I do not recall any pieces known to be hers. A family’s data and memories disappear if nobody invests time and energy to remember, to capture and to pass them on, as a history amateur I am painfully aware of this. Money, however, does not protect anybody from suffering hard blows in life though it surely softens some of their effects. I was not fully conscious of such truth -and my personal dose of luck- until I spoke to Paco, an elderly gentleman whose mother died at childbirth in a family that struggled to keep everybody warm and fed during winter.

Back in July 1978, I was kept far away from Esther’s last days ands sent away to uncles in Alzira. Being sick was not strange to me and when I gave her my last two kisses while sitting on her bed I must have thought that I would be seeing her again in no time. Although I understand the reasons my family had to hide death from me, a ten-year old child and the runt of the litter, I still harbour strong feelings about it. I was robbed of the chance to participate, to comfort and to be comforted by everybody who kept watch to surround my mother with love during her last hours alive on this Earth. I was also denied the necessary exchange of care, devotion, sympathy, connection, longing, sadness and memories during the wake on her honour. 

Morning of July 14th, 1978, I remember standing by the pantry door looking at the blue and white tiles in the summer kitchen of my godparents, Toñita and José Luis, while aunt helped me change my clothing, there was a black skirt with tiny white flowers. “We are going to visit your mum and everybody today at your village” aunt Toñita was saying, unable to hide a weird tone on her voice that a younger me did not know how to take. They both tried to reassure me and talked non-stop all the way to Benilloba while I played with a small doll in the back. It was only when uncle José Luis turned the steering wheel of his big car into carrer Sant Llorenç that I saw a large dark crowd covering the street space reaching our family home at the far end… Even today I can feel again all at once cheated, sad, nervous, not believing while understanding the impossible had come to happen. The rest of the day is nothing but a blur, except for somebody’s words -kind, I suppose- at the cemetery asking me to look through a glass window into my mother’s dead face inside a light wooden coffin. The horror I felt: my mother was to be locked up inside a cold, dark, lonely niche forever while us, her young four orphans, her sad widower, her lonely brother and her forever devastated mother, had to leave her there and go back to some sort of life, now without Esther.

It has taken me forty three years to write this recollection and still sadness and tears cloud my sight, not only a painful metaphor. Somebody important in my life recently told me of a cancer diagnose. Since then I have I found myself, again and again, thinking of my deceased mother and her own sadness and pain upon realising there was no life left for her and that she had to abandon everybody she loved and who in return loved her. Was she ever angry about it? Did Esther and Miguel had frank conversations about her upcoming death? What were her last conscious thoughts and words?

My mother was not there for me the first time I got my period, back from a cinema in a village, the red stain combining well with my white and red flowery skirt set. My father did his best to deal with the needs of his three daughters and only son, surely I was not going to ask any of them how to use a tampon and those at the chemist came with printed instructions. I remember a gynaecology book father bought for us with colourful drawings that I used as reference material when my girlfriends shared her feminine doubts with me.

Often, upon discovering my personal loss many people have kindly uttered condolences  to me while my standard reply was something along the lines of Thank you, it happened a long time ago. What a fool, I must have been kidding myself thinking I had overcome the pain. Not long after her passing  I believed my mother had appeared to me in a sort of cloudy form. I can no longer affirm wether it happened for real or that my longing for her to return to us made me to imagine things. Grandmother Joaquineta used to say, referring to the unusual noises and lights sometimes perceived in her home, never with fear: Estan parlant-me, però no entenc què diuen/They are talking to me but I do not understand what they are saying.  Although she was not outspoken, she had a certain wittiness about her, Joaquineta.

Layeta, Joaquineta y Esther en Andorra, 1972 (archivo familia Herrero Doménech)

Esther, the first for me, was a thought, more than a real perception, little was spoken about her that I can recall.  Not that I trust my memory, as the mind plays tricks, twists reality and brings about doubts every time I try to remember an episode in my life.  I would sometimes catch my father looking at Esther’s oil portrait high up on the wall, such a sad look on his face that pushed me to fix my eyes somewhere else.  People would look at me with compassion, a feeling I got to despise, however special it made me feel earlier on. 

The lucky ones to reach and live through adulthood with a mother and a father will never be able to fully realize the amazing good fortune life has dealt them.  In our street there was a childhood friend whose bright mother would take the time to prepare both a us a pomegranate, shelling the seeds and sprinkling some sugar on top, I was amazed and felt both grateful and jealous.  María, ever so kind and patient, took good care of all of us and the sad house we shared as a broken family.  Upon my return from one of my recurring appointments with the dentist, she would have cooked finely sliced potatoes and some chicken breast that I devoured.  The strong Dutch woman -mother to my best through-thick-and-thin friend-, with the brightest blue eyes ever, who welcomed me into their family house by an Amsterdam canal and taught me to drink home-made broth before leaving for an important dinner.   Aunt Rosa who had the patience and skills to use needle and thread to make me a summer neck choker of jasmine flowers from the old tree on her husband’s family courtyard. My search for a female figure will never stop, I guess. 

I have read somewhere, not that I can remember the author or the book, that humans are divided into those who are struck with sadness and misfortune at an early age and the ones that leave behind adolescence without suffering any serious blows until the passing away of a close relative occurs later in life. I wonder whose pain is stronger and, of course, there is no competition, hard and black pain is just pain.

I would like to finish by mentioning that I have felt my mother’s presence in several occasions throughout my life. Once a drug addict confronted me with a large knife inside a cash automatic teller near Cardenal Benlloch and I refused to empty my bank account for him, Esther must have been watching over me. It is a flimsy consolation price but I chose to believe that somehow my mother has never ceased to keep an eye on me and continues to send her protection over. You may call it energy, warmth or mere luck. I choose to think that Esther and Miguel, my parents, remain by my side every day.

July 13th, 2021

Niñas Julín y Merce con Esther, 1971 (archivo familia Herrero Doménech)